Adolfo Guidale Etcheverri
EL NUEVO ITINERARIO
El super-petrolero navegaba hacia
el Golfo Pérsico, era una noche calma y tranquila. La temperatura había bajado de cincuenta y cinco grados centígrados a unos cuarenta que, en comparación, parecían algo así como una
bendición.
El cielo estaba completamente despejado y se veían miles de estrellas, mientras que las dos lunas, una roja y la otra azul
claro, iluminaban provocando caprichosos reflejos en las crestas de las breves ondas marinas.
De repente, como respondiendo a una voluntad superior, las lunas comenzaron a desintegrarse y millones de fragmentos
multicolores se precipitaron hacia el mar. El espectáculo era maravilloso, pero ese exceso pirotécnico -eso parecía- hizo temer por la integridad del buque.
Fue en ese preciso instante cuando Antonio Varela, primer oficial del barco, se despertó sobresaltado y transpirando. Se sentó
al borde de la cucheta y entonces recién tomo conciencia de que navegaban en el Atlántico, con destino al África Occidental y no hacia Kuwait como creyó en sueños. En todo caso la temperatura en
el camarote, más que agradable, terminó por convencerlo.
Miró el reloj, eran casi las once de la noche, todavía faltaba una hora para su turno de guardia. Desde que navegaba en el buque
petrolero había perdido la costumbre de los relevos en el puente de mando, pues su jerarquía lo obligaba sólo a hacerse responsable de la carga, pero la enfermedad repentina del tercer oficial
provocó una redistribución de las tareas de a bordo.
Subió las escaleras, en la mesa de derrota encontró al segundo haciendo su ultima corrección al rumbo. Tomó el sextante y se
dirigió a la parte exterior del puente, “bajó un par de estrellas” y, mientras le dictaba las cifras a su compañero, le hizo preguntó:
- Decime Fernández, vos normalmente soñás en colores o en blanco y negro?
El otro un poco extrañado se encogió de hombros.
- Nunca me detuve a pensarlo, pero creo que indistintamente.
La respuesta le pareció convincente, además aquellas fantasías oníricas seguramente serian consecuencia del cansancio y de los
días acumulados de navegación. Quedaban aún veinte minutos por delante que emplearía en una recorrida por cubierta. Una semana atrás descubrió a dos marineros fumando en un lugar inapropiado, lo
que desencadenó un molesto incidente, mejor era cerciorarse de que todo estuviera en orden.
Fue así, salvo que al pasar por los botes salvavidas, un cabo de las lonas le chicoteó en plena cara. Recordó que le había
pedido al cuarto oficial que verificara los dispositivos de seguridad antes de llegar a puerto, lo que incluía botes y bombas contra incendio; éste era un indicio de que no lo había cumplido y
arribarían al día siguiente. En otras circunstancias hubiese sido un motivo para reprenderlo, pero todos tenían exceso de trabajo y hubiera sido injusto. Anudó la cuerda y continuó su camino. La
esfera estaba límpida y podían verse caer decenas de meteoritos. La luna blanca y casi llena, nada tenia que ver con las de su sueño.
Mientras recibía la guardia y firmaba el diario de a bordo, se dirigió nuevamente al segundo.
- ¿Cuál es la probabilidad de que un meteorito caiga encima nuestro?
Fernández con aire un poco burlón y divertido, contestó: “Despreciable. Pues como vos bien sabés, la mayoría se desintegra al
penetrar en la atmósfera “-y abandonó el recinto con un corto saludo, demostrando no estar con ánimo para una conversación trivial a esas horas de la noche.
Antonio palmeó al timonel en un hombro mientras le dictaba y verificaba el nuevo rumbo en el timón automático. El marinero se
sintió como obligado a comentar “hoy el mar parece un plato de aceite”, refiriéndose a la calma total. Pero no era la posibilidad de un temporal lo que preocupaba a Varela, ya el “meteo” había
alejado cualquier temor, sino las advertencias hechas antes de partir en cuanto a los peligros una vez anclados en puerto. Era su primer viaje a la región y carecía de experiencia.
Pidió al timonel que bajara por unas tazas de café y se quedo fumando pensativamente. La oscuridad del puente se veía atenuada
ligeramente por las luces de los instrumentos y la brasa del cigarrillo. No le agradaban para nada las medidas a tomar. Pero según aquellas advertencias, parecía ser que algunos nativos del lugar
se acercan en canoas por la noche a los barcos fondeados y suben por las cadenas de las anclas en busca de lo que fuera. Había antecedentes de un oficial apuñalado y el asunto era una cuestión
seria. Además, en ocasiones se alumbraban con antorchas, lo que entrañaba un peligro mucho mayor aún en este caso. Antes de acostarse, repasó los rifles y sus cargas.
Aquel mismo día, al atardecer, fondearon en el antepuerto. Junto con el capitán recibieron a las autoridades. Un oficial
servilmente eficiente los asesoró sobre lo que ya sabían.
- ¡Señores! Estando en el antepuerto la seguridad del barco corre por vuestra cuenta. Sabrán perdonarnos, pero sólo una vez con
el barco atracado en puerto podemos garantizarles un servicio más eficiente, y aún así han sucedido episodios desagradables. Les ruego tomen las medidas del caso y está de más decirles que,
cualquier incidente, disparen a matar que el resto corre por nuestra cuenta.
Antonio se sintió deprimido, interpretó las palabras del monigote como si en realidad les estuviera diciendo: “señores
'civilizados', llévense nuestro petróleo y de paso, si les cae en gracia, mátennos.”
De cualquier manera, la idea de perder un hombre o cualquier accidente de graves consecuencias no lo seducía en lo más mínimo.
Apostó un marinero armado sobre cada cadena y otros dos rotando en cubierta, entonces pensó que podría descansar un rato.
Cuando iba a entrar en su camarote sintió desvanecerse, le pareció como si su cabeza fuera a estallar, no alcanzo a distinguir
si había sido un golpe o qué. De lo único que tenia conciencia era de que estaba fuertemente maniatado, y sólo escuchaba un rumor como de remos que golpeaban contra el agua.
Cuando volvió en sí, no dio crédito a lo que veía. Decenas de hombres y mujeres danzaban a su alrededor; en el centro, uno que
parecía el jefe o hechicero lanzaba gritos que sonaban aterradores y levantaba los brazos señalando hacia el cielo. La luna era un perfecto disco dorado. La danza crecía en intensidad,
llegando al borde de la histeria. Eran todos los brazos ahora que señalaban hacia arriba y la luna, como si escuchara sus ruegos, comenzó a cambiar de color, mostrando matices indescriptibles.
Hasta que comenzó a dividirse formando dos astros, uno rojo y el otro azul claro. En el mismo momento que el maestro de ceremonia levantaba su brazo, del que pendía una especie de daga, las lunas
comenzaron a desintegrarse. Cundió el pánico y mientras los demás escapaban como bien podían, se quedó a solas con el sacerdote. Éste con el brazo todavía en alto, aunque la trayectoria parecía
inevitable.
Igual que en la primera vez, se despertó transpirando, sólo que en ésta, en lugar de encontrarse en su camarote del barco estaba
en una sala de hospital. Tenía fiebre y le dolía la cabeza, sentía todo su cuerpo por completo extenuado. Un médico con un casi impoluto guardapolvo blanco le tomaba el pulso y le hablaba.
- Lo que usted tiene es malaria, por suerte lo peor ya pasó. Va a quedar unos días en observación y luego tendrá que seguir un
tratamiento muy estricto… No es momento para reproches, pero según me dijeron, usted no tomó su ración de quinina como se le había advertido.
Antonio ya no lo escuchaba, entonces el brazo del hechicero descendió con violencia, el puñal se hundió en la carne hasta
atravesarle el corazón, que se deshizo en mil pedazos.
Escrito en 1979, publicado en 1980 por el Centro Cultural hispanófono La Casa de las Peñas, Louvain-La-Neuve, Bélgica, donde fue
premiado en un concurso literario.
EL DESTINO EN LA GALLERA
A Luis Morquio Piñeyro, quien siempre apreció este cuento
Para Peter ya se había transformado en una especie de rutina. Todos los días, al atardecer, simultáneamente al agudo ulular de
las sirenas de alarma antiaérea, recortados sobre un cielo plomizo del mismo lado siempre respecto a la torre gótica del Hotel de Ville, aparecían cinco oscuros moscardones en perfecta
formación, con su sonido lúgubre de muerte y destrucción.
Eran americanos, amigos, aunque esto nunca lo comprendiera muy bien, pero así se lo habían asegurado y optó por aceptarlo sin
mayores preocupaciones. En todo caso, este malentendido solo sirvió para aumentar la natural inconsciencia de un niño de ocho años frente a un peligro que por cotidiano no dejaba de ser
trascendente.
Corría 1944 y la antigua ciudad belga de Lovaina se había transformado en una escala más en la ruta de los pesados bombarderos.
El objetivo: la estación de ferrocarril y varios depósitos que los nazis tenían junto a la planta urbana. Las recomendaciones de su madre eran drásticas, generalmente a esa hora ella estaba
trabajando por lo cual le imploraba que a la menor señal corriera sin parar hasta el refugio más cercano, el sótano de una taberna improvisado a tales fines.
Peter se guareció las dos primeras tardes; pero, a la tercera, tentado por la curiosidad y con tal de evitar la sordidez del
lugar, de hacinamiento y lamentos, se las ingenió para llegar cuando ya habían sellado la puerta. Entonces regresó a su casa, dispuesto a presenciar el espectáculo desde un gallinero vacío que
quedaba a los fondos de la vivienda. Este había sido saqueado cuando los alemanes entraron a la ciudad. Como su padre era de origen valón y se había unido a la resistencia, supusieron además de
ésta otras catástrofes familiares, pero por suerte no se ensañaron mayormente con ellos. Todavía guardaba vivo, el recuerdo de aquel ridículo espectáculo en que aquellos hombres altos, enfundados
en imponentes uniformes, desfilaban marcialmente con dos gallinas tomadas por las patas en cada mano, mientras las pobres aleteaban dando los últimos estertores. De su padre recordaba poco o
nada, en realidad sólo mantenía una vaga imagen, sustentada por los cuentos de su madre y una vieja fotografía en color sepia que registraba a dos jóvenes sonrientes en el momento de su
boda.
De pronto, los moscardones aumentaron increíblemente su tamaño; cuando pasaron sobre su cabeza más bien parecían ballenas aladas
y, al llegar a la altura de la torre de la alcaldía, como si el gallito de la veleta en complicidad les marcara el rumbo, viraron un poco hacia la izquierda. Pocos segundos más y sus vientres se
abrieron dejando caer decenas de bombas, mientras que el repiqueteo de las ametralladoras desde tierra, servia de acompañamiento de fondo al ruido sordo de las explosiones. Densas columnas de
humo se levantaban, y en medio de ellas trozos de los más diversos materiales volaban por los aires. El corazón de Peter palpitaba de emoción, qué locura era esa de encerrarse cuando a pocos
cientos de metros se producía esa maravillosa exhibición. Entonces hubiese querido contárselo a su madre o tal vez ante toda su clase en la escuela, pero intuía las consecuencias de su
transgresión. ¡Qué lastima no tener con quien compartirlo!
No terminó de lamentarse cuando se produjo el milagro. A través de un agujero de la empalizada del fondo alcanzó a ver los
enormes ojos azules asustados de un niño. Mirando con más atención vio también su frente cruzada por un mechón amarillo oro. Cuando pudo integrar todo el rostro, reconoció a Jan, un
muchacho poco mayor que él. Lo conocía de vista, no sólo porque los fondos de sus casas se tocaban, sino también porque asistían a la misma escuela, pero como la familia de éste era enteramente
flamenca y simpatizaba con los ocupantes, no habían alternado en lo más mínimo.
Desde aquel día comenzó una gran amistad a escondidas de los mayores. Con la primera sirena, Peter corría hacia el fondo de la
vivienda y cuando estaba llegando, ya Jan había saltado la empalizada. Al principio se limitaban a observar la escena, tirados boca arriba y en silencio, con una brizna de paja entre los labios;
pero en otras ocasiones fumaban cigarrillos hechos con hebras de tabaco que Jan robaba a su abuelo, quien lo obtenía de los propios nazis. Esta complicidad clandestina estrechó aún más el vinculo
entre los dos niños y, tarde tras tarde, el encuentro se repetía como si se tratara de un rito con su propia liturgia; aún cuando los aviones no cumplieran con su parte.
En una ocasión en la que su amigo no asistió a la cita, tal vez de manera premonitoria, sucedió lo inesperado pero que, aunque
él no lo sabia, entraba dentro de la lógica posible de la guerra. Los libertarios cowboys voladores confundieron su objetivo; en lugar de la estación, los B-26 se ensañaron con la
biblioteca de la Universidad, bastante más cercana a su casa como para que ésta saliera indemne en el nuevo raid. Sintió cómo se despegaba del suelo para luego rebotar una y otra vez,
rodando hasta quedar atrapado por el tejido de alambre del gallinero, parcialmente derrumbado. Una nube de polvo lo cubría todo a su alrededor y no veía absolutamente nada, sólo tomó
conciencia de que estaba ileso, milagrosamente vivo.
Curiosamente, aunque nunca se animaría a reconocerlo, no escuchó la explosión. Sólo experimentó una serie de sensaciones que,
estaba seguro, no quería volver a repetir. Total, que el saldo fue de algunas magulladuras y una fuerte reprimenda de su madre por su irresponsable transgresión. En algunas casas vecinas la
suerte no fue tan benévola y hubo que lamentar algunos muertos. Con el tiempo comprendería que aquel error, aquella equivocación inesperada de los pilotos, en un plano más “metalógico” no
era tal.
Poco después, los aliados liberaron la ciudad y además de su asombrosa salvación, sólo un hecho lo marcó a sangre y fuego: el
padre y el abuelo de Jan fueron fusilados por colaboracionistas, y éste con su madre y hermanos se fueron a vivir con otros parientes a un pueblo más pequeño. Entonces sufrió el golpe más duro de
su vida, supo lo que era
perder un amigo.
Ni siquiera la noticia de la muerte de su padre lo afectó tanto, pues se trataba prácticamente de un desconocido y el hecho de
morir algo demasiado cotidiano desde que tenia memoria como para alterarlo. Su último contacto con su padre -si a este hecho se le puede denominar así- fue en el cementerio de la ciudad en
una mañana invernal en que tuvo que enfrentarse a un cantero sembrado de cruces blancas y uniformes, gente de todas las edades vestida de negro, coronas de flores y discursos, que sólo aumentaban
su deseo de volver a casa cuanto antes y saborear algo caliente junto al fuego de la chimenea y olvidar el frío intenso que calaba hasta los huesos. Todo le sonaba hueco y retórico, hasta se
avergonzó por el alarido que profirió -emocionando a toda la concurrencia- cuando, al abrazarlo, un oficial de la resistencia, en el momento de condecorarlo, hundió el alfiler de la medalla de su
padre en su tetilla izquierda.
Así pasó su niñez, con un recuerdo algo romántico de una guerra de la que era hijo a su manera, y a la que no despreciaba ni
reprochaba nada pues la veía y recordaba como algo normal. Su madre, todavía joven, continuó trabajando y dedicándose a su hijo; y gracias a un poco de ayuda estatal en lo sucesivo tuvieron una
situación bastante desahogada. El gallinero nunca fue reconstruido... En contrapartida, años después, un grupo de artificieros del ejército belga desactivó una bomba que yacía enterrada sin
explotar desde aquella época nada menos que en el jardín de la casa que era de la familia de Jan, a escasos metros del suyo. Al enterarse, no pudo evitar un gran estremecimiento que lo mantuvo
alterado durante varios días.
Terminado el bachillerato, y siendo Peter un adolescente sin demasiados conflictos, se decidió a estudiar periodismo en la
Universidad local. Fue un buen estudiante; y a poco de doctorarse se casó con Corinne, una colega francesa. Durante varios años no ejerció la profesión sino que se dedicó exclusivamente a
la docencia; pero, en 1968 cuando los disturbios universitarios mundiales estallaron en Lovaina en como un conflicto lingüístico entre las dos comunidades mayoritarias en el país, su posición
ambigua, dados sus orígenes, le impidió tomar posición en el cisma. Así que se trasladó a Bruselas y entró a trabajar como redactor en la plantilla de un periódico bastante importante. Por su
formación académica y su aplicación al trabajo, en poco tiempo ocupó posiciones de relevancia. Era un hombre feliz, amaba a su mujer e iban llegando los hijos; pero, algo en su interior lo
angustiaba, una suerte de rebeldía contra un quietismo excesivo, aquella vida burguesa que, por demás siempre fue la suya, comenzaba a abrumarlo.
Su espíritu buscaba algo diferente, sus sueños se transformaron en imágenes recurrentes signadas por la acción. Ya superaba la
cuarentena y una forma extraña de desasosiego dominaba su existencia. Consultó a un psiquiatra y además de corroborar su buena salud mental, le recomendó que viajara con su familia y, si esto no
fuera suficiente, que intentara desarrollar una actividad menos estática dentro de su profesión.
Después de una corta temporada en el Mediterráneo, que sólo sirvió para aumentar su inquietud, Peter comenzó a estudiar
proyectos más ambiciosos dentro de su profesión. Como todo buen europeo de su generación tenia una visión maniquea del mundo, y miraba con cierto desdén a los países de África y América Latina
desde la más supina ignorancia. Durante su época de estudiante se intereso poco o nada en estas regiones del mundo, para él dominadas por la corrupción de sus propios gobernantes. En cualquier
caso, su existencia sólo se justificaba por proveer al mundo civilizado de una serie de materias primas baratas y alimentos exóticos. Había conocido a algunos sacerdotes católicos provenientes de
aquellos lugares en la Universidad, que hubieran alterado sensiblemente su opinión, pero en realidad le era mucho mas cómodo mantener la idea estereotipada de sus pares pues, si aquellos curitas
eran diferentes seguramente seria consecuencia de su fe religiosa. Además, si también es cierto que el periodismo requiere en lo posible una importante dosis de objetividad, para Peter los
prejuicios no significaban forzosamente algo malo.
Las noticias que llegaban por entonces desde Centroamérica despertaron su curiosidad e interés por todo el continente. Al poco
tiempo, descubrió que las cosas allí eran bastante diferentes a como él las percibía, no había esa supuesta uniformidad, sino más bien que el contexto ofrecía matices muy dispares, y dignos de un
profundo análisis. Primero experimento una forma de desengaño consigo mismo, que lo llevo a encarar el tema con mayor seriedad, aunque aún con cierta desconfianza. Luego sobrevino una etapa
de gran lucidez en la que incluso se adelantó a estudiosos del tema latinoamericano, al sentir una especie de complejo de culpa por mucho de lo que allí ocurría. Esto último lo redimió de todo lo
anterior, y un continente entero le abría sus puertas.
Corría 1979, y Nicaragua acaparaba la atención del mundo entero. Hacía varios años que, salvo por hechos nefastos o más fugaces
no se le dedicaba a la región tanto espacio en la prensa, eclipsada a nivel mediático por las dictaduras del Cono Sur. Primero pensó que era una locura, pero después se entusiasmó de tal manera
que, la decisión de viajar y cubrir las informaciones del conflicto no fue revocada ni por la oposición familiar ni por los consejos de sus superiores, que entre perderlo y propiciar el viaje
optaron por lo segundo. Fueron dos semanas caóticas, inundó su escritorio y su casa con todo el material que consideró de alguna utilidad: mapas, enciclopedias, libros de historia,
periódicos recientes y cables de agencias noticiosas desparramados por doquier; lo instruían y le servían para esconder el rostro ante las miradas de reproche y desolación de su mujer e
hijos.
Nada lo haría echarse atrás y, en pocos días, cargado de novelería y material fotográfico suministrado por el propio diario,
arribó a San José de Costa Rica.
Su proverbial sentido del orden determinó que su primer contacto fuera con el cónsul belga en esta ciudad. El resultado fue
negativo para sus intereses. Junio llegaba a su fin y la caída de Managua se consideraba algo inminente; no obstante la situación era bastante confusa y, si bien las tropas somocistas tenían a
sus mejores aliados en Honduras y su retirada se producía por esta frontera, algunos piquetes desconectados intentaban una desesperada fuga hacia Costa Rica, algo que, entre otros, complicaba el
ingreso a territorio nicaragüense. El cónsul le prometió que ni bien se aclarara el contexto (palabras textuales) y se concretara el previsible triunfo sandinista, le otorgaría todas las
facilidades para llegar a la capital y cubrir entonces la información. Este ofrecimiento, lejos de convencerlo, lo sumió en una profunda desazón; ésta era una oportunidad única y no quería
desaprovecharla. En los bares del centro entabló amistad con varios colegas también europeos, los que en su mayoría no compartían su misma inquietud. Es que en realidad -le habían
explicado-, era más sencillo esperar aquí la información envidiada por sus compañeros que estaban en Nicaragua desde antes y darle una salida más rápida hacia el resto del mundo. Le
hicieron sugerencias de todo tipo al comprobar su tozudez, una de las más descabelladas era la de alquilar un avión y lanzarse en paracaídas en la zona más indicada, opción descartada por varios
motivos. La posibilidad más lógica, pero que igual suponía una gran cuota de riesgo, se la sugirió un camarógrafo italiano. Consistía en trasladarse hasta alguna localidad cercana a la
frontera e intentar contratar a algún conocedor de la zona que lo ayudara en su propósito. Seguramente, fue lo que hicieron poco antes otros colegas.
El 1º de julio, llevando consigo sólo una mochila con el equipo fotográfico y lo más indispensable, abordó un autobús con
destino a la ciudad de Liberia. Una vez allí, luego de ingentes esfuerzos con su precario español, contactó a dos nativos prácticos de la región, Tomás y Gregorio eran sus nombres. Juntos
elaboraron un plan de viaje bastante convincente para las circunstancias. Primero se trasladarían en un camión hasta la zona fronteriza; una vez allí averiguarían cuales eran los sectores menos
controlados. De poder burlar la vigilancia, se deslizarían por un corredor que tenia por límites una línea trazada entre las poblaciones de San Juan del Sur y Rivas por un lado, y las orillas del
lago Nicaragua por el otro. De salir con éxito toda la maniobra, en cinco o seis días de marcha a pie como mucho, estarían en los alrededores de Managua, momento a partir del cual Peter debería
valerse por sí mismo, olvidándose de sus lazarillos.
Una vez pagado un adelanto de lo pactado, Peter dividió y ordenó de manera meticulosa el resto del dinero en dos fajos, que
guardó entre las botas y las medias. Entonces comenzó el peregrinaje. La primera etapa la cumplieron sin contratiempos y el cruce de la frontera fue mucho más sencillo de lo que esperaban.
Durante todo el trayecto uno de los guías se adelantaba y el otro quedaba regazado junto a Peter a la espera de las novedades. A pesar de que la comunicación era bastante dificultosa, desde un
primer momento simpatizó más con Tomás, le agradaba su compañía y fue un alivio comprobar que las más de las veces era su compañero el que iba a la vanguardia. Esquivaron algunas poblaciones
pequeñas, no las consideraban un peligro pero era preferible llamar la atención lo menos posible. Una y otra vez zigzaguearon su derrotero, arrimándose a la ribera del lago. El periodista quedó
fascinado con su majestuosidad y belleza, que contrastaban con la situación, y por instantes lo hacía evadirse del clima de tensión y peligro que hasta se respiraba. Peter pensó que era un lugar
maravilloso para recorrer y disfrutar tranquilamente en circunstancias más normales, quizás en una excursión con toda su familia. Al cuarto día, se encontraban en un punto a mitad de camino entre
Rivas y Granada. Gregorio llegó agitado con la noticia de que había divisado un pequeño grupo de la guardia nacional que huía visiblemente diezmado, apenas se trataba de un oficial con cuatro o
cinco soldados. Marcharon extremando al máximos sus cuidados. Al anochecer, se guarecieron en una pequeña granja abandonada, donde decidieron que era mejor no hacer fuego, y comieron su frugal
cena directamente de las latas de conserva. Luego, se dispusieron a dormir en la vivienda, consistente en una sola habitación semiderruida con el suelo de tierra apisonada, los guías montarían
guardia por turnos.
Peter estaba nervioso, cuando pudo conciliar el sueño tuvo intensas pesadillas dominadas por recuerdos de su infancia: la
guerra, su amigo Jan, las bombas que casi lo destrozan. Pasada la medianoche se despertó bruscamente y al volverse sólo vio a Tomás que dormía profundamente, Gregorio había desaparecido. No se
preocupó demasiado pues imaginó que andaría por los alrededores, más bien trató de poner orden en sus pensamientos. Pero, un rato más tarde escuchó algunas voces y antes de que pudiera
incorporarse la puerta del chamizo fue derribada violentamente, entrando el oficial somocista y los cuatro soldados que el guía había divisado. Se veían sucios y con los uniformes hechos girones,
junto a ellos estaba Gregorio, pero no en calidad de prisionero por la manera como se comportaba. Esto último indigno a Tomás, quien lo increpó y trató de agredirlo; pero no pudo, antes fue
detenido y golpeado brutalmente en los testículos por los militares. Luego se lo llevaron arrastrando, tomado por las piernas, mientras que el oficial se ensañaba con Peter y le decía: “¡Ustedes
los periodistas son todos unos sandinistas hijos de una gran puta!”. Luego de propinarle entre todos una espectacular paliza, el jefe retiró los fajos de billetes de adentro de las botas, se
guardó uno en el bolsillo de la camisa y repartió el otro entre el resto, incluido Gregorio. La cámara fotográfica también se la quedó el superior junto con la documentación del europeo.
Cuando Peter recuperó el conocimiento, se encontró atado y tirado en el mismo piso del gallinero donde, la víspera a su llegada,
dos escuálidas gallinas picoteaban estérilmente buscando nada que comer. Ahora estaban siendo asadas por los soldados a escasos metros de distancia. De pronto se sintió paralizado, una sensación
de horror apresó su espíritu. Nunca creyó en determinismos, pero por un instante se iluminó y comprendió que todo había sido una mala jugada del destino. La bomba que no había estallado hacia más
de treinta años, en realidad recién ahora lo haría. Mil imágenes se agolparon en su mente, y se sucedían como en un film sin argumento; pensó en su familia y se desesperó, ya nada quedaba por
hacer, todo era impotencia.
Después de un rato, ya comidos, el oficial se levantó y se dirigió hacia él. Se pasó la mano por la boca engrasada y se la
limpió en el pantalón, para luego sacar de su cartuchera una reluciente Ballester-Molina 45 -obsequio de un instructor argentino. La empuñó con ambas manos, apuntó a la cabeza de Peter y
jaló el gatillo mientras le decía a modo de epitafio: “¡Pa’ tu madre, comunista del diablo…!”.-
LOS PARTOS DE LA SOLEDAD
A Susana Cantonnet Stirling, in memorian
El espectáculo, hasta ahora siempre esquivado de las cabezas de oveja desnudas, fue en cierta manera premonitorio de una
fatalidad que Julián sabía inevitable. La primera vez que las vio, recién llegado, a los pocos segundos casi muere aplastado bajo las ruedas del Métro de no ser por la intervención
providencial de uno de los limpiadores del andén, que alcanzó a sujetarlo por el falso cinturón del impermeable cuando caía al vacío, en el preciso instante en que comenzaban a verse por el
extremo del túnel los ojos encendidos de la máquina.
En lo sucesivo, siempre se esforzó por eludir las carnicerías de Belleville, transformando sus itinerarios en ilógicos
laberintos sólo comprendidos por él y que, cuando alcanzó a dominarlos, recién entonces pudo comenzar a descifrar el significado de los arcanos de la gran ciudad.
Es que había algo obsceno en el destello dorado de aquellos ojos aparentemente muertos, que en realidad no era otra cosa que una
íntima asociación con lo que era su propia vida. Él había querido cambiar el mundo, aunque lo negaba. “Sólo quería mejorar la sociedad del país en el que me tocó nacer”, argumentaba con
modestia. Entonces le permitieron seguir viviendo, en realidad subsistiendo, formando parte de una categoría residual de viejos olvidados, solitarios y miedosos, que comían de la mano del
mismo sistema que los había triturado, arrancado hasta el último vestigio de esperanza y con un mendrugo confinado donde no molestaran.
Los luchadores sociales de los años sesenta tuvieron que dejar de ser los padres espirituales de quienes los sucederían para
transformarse en inmigrantes jubilados, dignos de conmiseración e indulgencia. Julián lo sabía, lo asumía de a ratos; pero había cedido en todo menos en algo que por trivial escapaba a la vista
de sus gentiles cancerberos: las cabezas rojizas de oveja de los árabes, impúdicas exhibicionistas que estaban más allá de lo tolerado por su removida sensibilidad.
Había conseguido mudarse a un barrio residencial, demasiado “Vieja Francia” para su condición de exiliado político
latinoamericano, pero este esfuerzo como contrapartida lo mantenía a salvo de cualquier sorpresa desagradable.
Esto, hasta aquel día en que regresando a su casa no reparó en el pequeño negocio que se inauguraba a escasos veinte metros del
portal del edificio. No había terminado de pasar por delante del local, cuando bruscamente se corrió una cortina de un rojo encarnado, descubriendo una vitrina fuertemente iluminada en cuyo
centro destacaba no una, sino un ramillete de cabezas primorosamente dispuestas entre hortalizas.
Julián apuró el paso tanto como su físico se lo permitía; espantado cruzó el zaguán de la planta baja, contestando apenas el
solemne saludo de la señora Frosnay, su vecina de piso que, como todos los días a la misma hora y bajo cualquier circunstancia, sacaba a pasear al caniche blanco cuya existencia llenaba todos los
momentos de su vida; suerte de dama de compañía harto acicalada, padre, hermano, amigo y confidente. El que muy pronto sería involuntario causante de la desgracia del veterano refugiado.
Ajeno al protagonismo que la refinada mascota adquiriría muy pronto en su vida, con el solo fin de alejar la odiosa imagen de su
mente, mientras subía en el perezoso ascensor de madera, recordó una reciente conversación con Guillermo Castro corresponsal del diario “El Ácrata” de Montevideo, que tuviera lugar en un prolijo
restaurante de menú fijo en Saint–Ouen.
Entre jarra y jarra de vino tinto, el joven periodista le explicaba algunos aspectos de un largo articulo que estaba por
terminar. Agudo observador de lo cotidiano, chispeante por los efectos de una octava o novena copa de un correcto Bordeaux, hablaba en un tono y en un idioma que ponían nerviosos a los
demás comensales. A su parecer, lo que para muchos era un verdadero disparate, en realidad revestía visos de logro científico, y era la novedad de los psicólogos para perros. Para Guillermo no
importaba tanto hasta qué punto una buena psicoterapia podía recuperar los castrados instintos caninos, sino más bien era de la opinión que desarrollando e instrumentando una adecuada semiología
veterinaria se podía bucear con facilidad en las psicosis de los perritos falderos, que no eran otra cosa que un exacto reflejo de aquéllas que escondían o sublimaban sus amos. En definitiva, un
método más rápido y económico para tratar taras humanas. Luego lo puso al tanto en cuanto a que según recientes encuestas, los franceses dedican mucho más tiempo al cuidado de los animales de
compañía que a los propios niños, incluyendo todo aquello que podríamos llamar educación hogareña. Ganaban los bichos, quienes disfrutaban de una diferencia a favor cifrada en el orden de los
seis minutos diarios.
Julián se mostró al principio interesado en el tema, sólo discrepó en cuanto a que no le quedaba claro qué tan accesible era la
psiquis de un perro, y se preguntaba si forzosamente las psicosis tenían que ser contagiadas o podían ser exclusivas de los animalitos. Luego se distrajo y dirigió su atención hacia una anciana
que almorzaba en una mesa cercana. Al principio le pareció que hablaba sola, luego se percató de que toda su preocupación la motivaba un caniche blanco enano sentado en una silla a su lado. Ese
detalle le recordó a la señora Frosnay y por eso, posiblemente, ésta a su vez le haría recordar este episodio durante el viaje en ascensor de unos días más tarde.
Cuanto más la observaba, de a poco iba comprendiendo lo dramático de la situación: ¡Fifí no quería comer! A pesar de los
esfuerzos de la buena señora, en una muestra de majadería e ingratitud, un Fifí rígido e indolente, cubierto todavía por una pequeña capa impermeable -las botitas y el gorrito haciendo juego
descansaban junto al paraguas de la vieja, ahora al borde de la desesperación, daba vuelta la carita mostrando un rictus histérico.
A medida que entraban otros parroquianos habituales, la mayoría se acercaba a saludarla con esa amabilidad exagerada pero
siempre distante -que no es gentileza sino miedo y distancia con el prójimo y, sin excepción, la gente preguntaba por Fifí, siendo participada del drama. Pero, de manera indefectible, todos se
despedían con la misma cortesía que al llegar pasando a sentarse en las otras mesas. Más tarde, cuando sus ruegos resultaron definitivamente inútiles, en una decisión sólo justificada por una
situación critica, se acercó al chef y propietario del lugar, un bretón gordo y simpático, quien soportó estoicamente la explicación de que “Fifí no había querido despreciar su exquisito
conejo 'a la cazadora'”, sino que últimamente estaba inapetente, cosa que la tenia muy afligida. Si bien era cierto que ella, desde temprano, le obsequiaba bombones de chocolate y otras
golosinas, él por su parte jamás se había mostrado tan apático como ahora.
Desde su silla el perro los miraba sin poder disimular su hastío por la vida.
En cuanto entró al apartamento, Julián aspiró hondo, orinó abundantemente sin cerrar la puerta del cubil del W.C., y
ahora sí exhaló con fuerza a medida que lo invadía una sensación de alivio, entonces se dedicó a comprobar que todo estuviera en orden.
Entró a la sala de baño y se sentó al borde de la inmensa bañera, atípica para este país, y con ternura acarició una y otra vez
en el lomo a Ambrosio, el hipopótamo bebé. Con un susurro de confidencia le contó su desgraciado percance de un par de minutos atrás, sin ocultar la angustia por todo aquello que se cernía sobre
sus existencias. Conmovido, le hizo la sincera promesa de que haría lo imposible para que nada ni nadie turbara la armonía compartida. En adelante, saldría y llegaría al edificio siempre por el
mismo lado de la calle, aunque ello significara multiplicar por siete la distancia hasta o desde la boca del Métro o la parada del autobús; puesto que el engaño de cruzar a la otra acera
no servia, puesto que tenia la amarga certeza de que era suficiente trasponer la línea de la visual de los ojos de las cabezas de oveja asadas para caer víctima de su maldición. Pero estaba
seguro que acercándose por la otra vertiente, arrimándose contra los edificios, podría ganar el portal del suyo sin ser descubierto.
No había terminado de explicarle la compleja situación a Ambrosio, cuando sonó el timbre de la puerta. Aturdido, luego de dudar
un instante se precipitó a abrirla. Era la señora Legrand, la portera del edificio. Se trataba de un personaje antipático, soberbia en su investidura, despreciaba a sus colegas españolas y
portuguesas. Por lo general subía para comunicarle asuntos triviales que Julián ya conocía por haberlos visto afichados en el panel de la propia portería; pero siempre que ocurría algo extraño en
el inmueble era al primero que consultaba en carácter de sospechoso. Sin lugar a dudas, por su condición de extranjero. Al principio, muy cortésmente la invitaba a pasar a la sala del apartamento
pero, cuando se percató de que sus visitas tenían visos de allanamiento policial, optó por apenas abrir la puerta sin quitar la cadena de seguridad y hablar mirando a su interlocutora por la
breve luz que apenas quedaba entre ambos.
Pero, en el apuro olvidó cerrar la puerta del baño, lo que no planteaba mayores inconvenientes puesto que Ambrosio era de lo más
discreto y además existía el dispositivo de la cadena. Lo que jamás supuso Julián fue que los albures se concertarían en una jugada macabra, que finalizaría con una desgracia mayúscula. Junto con
la portera descendían del ascensor la señora Frosnay y su adorado caniche. Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos; el perro emprendió una repentina y loca carrera y se introdujo por la escasa
rendija de la puerta de su vecino, siguió hasta el baño y, como si de un imán se tratara, saltó a las fauces de Ambrosio que bostezaba despreocupadamente. Sólo un breve gemido acompañado
por un sordo crujido de pequeños huesos y, como único testimonio visible, colgando a un lado de la trompa ahora cerrada del hipopótamo, quedaba la cinta tricolor con la cual la señora Frosnay
armaba la moñita con que engalanaba a su Fifí en festejo del bicentenario de la Revolución francesa.
El resto fue un caos, Julián trataba como podía de tranquilizar a las dos mujeres, al borde del colapso nervioso. Antes de
pasada media hora, ya estaban los bomberos subidos a una larga escalera y rompiendo a fuerza de pico los bordes de la ventana del baño. Una compañía completa de la Compañía Republicana de
Seguridad cerraba la cuadra por ambas esquinas, y apostaba francotiradores en las azoteas más cercanas e incluso en la puerta del propio apartamento; mientras un veterinario del zoológico de
Vincennes anestesiaba al pobre Ambrosio, al tiempo que dos de los bomberos lo fajaban con una especie de férula en la que se destacaba una gruesa argolla en su parte superior.
Recién cuando escuchó el ruido de un helicóptero, Julián comprendió el operativo que desde hacía rato observaba sin atinar a
nada, y moviéndose de un lugar a otro para dejar que los demás hicieran. Desde el aparato lanzaron un largo cable de acero con un gancho en el extremo, que aseguraron a la argolla del arnés y
entonces, con suaves movimientos, comenzaron a elevar al pequeño paquidermo.
Para evitar los riesgos fruto del balanceo, habían dispuesto gruesos colchones en los balcones del edificio de enfrente y en del
propio Julián, a quien una vez sustraído el animal de su morada le fue extendido un recibo por un hipopótamo, y le dieron como toda explicación que sería llevado al zoológico, así como le
advirtieron que tuviera a bien presentarse lo antes posible en la comisaría del barrio. Mientras, Ambrosio sobrevolaba mansardas con techos de pizarra oscura, callecitas y avenidas, recortándose
su silueta regordeta en el cielo eternamente plomizo de París. Al llegar al bulevar Periférico, a la altura de la Puerta de Vincennes, el animal se disolvió en la nada sin que nadie pudiera
explicar lo que sucedió.
Aturdido todavía, Julián llamó a Guillermo para que lo acompañara a la comisaría de Policía en calidad de intérprete. Nunca
había aprendido bien el francés y estaba demasiado consternado como para hacerse entender. Allí el interrogatorio fue breve, al oficial lo único que le obsesionaba era enterarse cómo había hecho
para meter a Ambrosio en la bañera; ni siquiera la forma en que se desvaneció le importaba mucho, apenas solicitó que se hicieran discretas averiguaciones por si alguien había encontrado un
hipopótamo despanzurrado en los alrededores del distrito duodécimo. Pero a su pregunta encontraba siempre la misma respuesta; Julián con su beatifica sonrisa, mirando hacia al suelo, contestaba
lacónicamente que había llegado solo.
Un par de días más tarde tuvieron que presentarse en el Palacio de Justicia. Allí también el tramite fue corto y hasta podría
decirse que hubo demasiada indulgencia para con el veterano exiliado. En la audiencia sólo estaban Julián, Guillermo, el juez, el fiscal, un abogado de oficio y algún estudiante de leyes
madrugador. Después de una larga reprimenda referida al uso y abuso de la generosidad y amplitud de la Francia liberal para con sus asilados, el magistrado se detuvo en consejos más domésticos:
Estaba bien tener perros, gatos, loros, y hasta monos pequeños, si estos últimos cumplían con todos los requisitos sanitarios. Pero, los hipopótamos eran animales inconvenientes, y si tanto
le gustaban, lo mejor era visitarlos en los parques zoológicos. Finalmente, y en vista de que a pesar de la cantidad de testigos oculares la prueba del delito había desaparecido, solamente lo
condenaba a pagar los daños en la fachada del edificio, indemnizar a la señora Frosnay de tal forma que pudiera comprarse otra mascota más algunos francos por el daño moral infligido y,
finalmente ,una suma menor de dinero para la señora Legrand, la portera, por el mal rato pasado.
Los dos amigos abandonaron el lugar y como la mañana soleada invitaba a caminar, decidieron dar un paseo. Guillermo intentaba
consolar a Julián asegurándole que cuando Ambrosio fuera más grande los percances podrían ser todavía mayores y la separación mucho más dura, y que no dudara un solo instante en cuanto a que el
caniche había cometido suicidio.
Julián, desconsolado, lo escuchaba mientras caminaba apoyado en su hombro. Al atravesar el Puente Nuevo vieron un dirigible gris
surcar los cielos. Julián empezó a correr por la estrecha vereda del pasadizo, saltaba, gritaba, reía: “¡Es Ambrosio que vuelve conmigo! ” “Pará viejo, no ves que es sólo una publicidad de
neumáticos para autos” -le gritó Guillermo. “¿Y qué -contestó Julián-, si Danny “el rojo” hace especiales para la televisión, porqué Ambrosio no va a poder hacer publicidad para la Good-Year?”. Y
corría feliz apuntando con sus brazos hacia el cielo.
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