Profil

  • : VERICUETOS
  • vericuetos-paris
  • : Association
  • : 09/09/1990
  • : Art littérature poésie essais critique littéraire
  • : VERICUETOS, Chemins Scabreux Revue littéraire Espagnol BILINGUE français CONCEPTION BLOG ET PHOTOGRAPHIES : LIBIA ACERO-BORBON e-mail blog : libiahb@aol.com

Images Aléatoires

  • DSC02280.JPG
  • Puesto--No.-54--2-.jpg
  • Milc-ades-y-Orietta-0068--2-.jpg
  • DSC02295.JPG
  • Cuento-en-Puesto-de-Combate.jpg

Texte Libre

Syndication

  • Flux RSS des articles

Visites

Website counter
Vendredi 11 septembre 2009
                                                                                                                                        

En un bosque de líquidas palabras, sueñan peces de pieles violáceas

Es el mundo de Milcíades Arévalo


Dossier o carpeta

Textos de Milcíades Arévalo

Entrevista de Libia Acero-Borbón

Francés Manuela Mariño Beltrán e Yves Moñino

Preludium de Luz Helena Cordero Villamizar

Introducción de Efer Arocha

 

                                                                                       Introducción


Milcíades Arévalo es un pedazo de obsidiana con muchos filos del planeta de las utopías escriturales, donde la exigencia impone soñar con ojos de caballo por lo abiertos, para lograr el germinar de manera constante e incesante el manar de ese ingrediente, con el cual se forja el material que en paciencia labra el vocablo que tiñe la sábana nívea. Herrero de duro metal que a golpe de porra ha descuajado roca para abrir el camino por donde sólo pueden transitar aquéllos que saben caminar a pie limpio con grueso callo, resultado de las asperidades y tropezones del sinuoso ascenso, que desde luego son escasos por lo pétreo y la agobiante sudoración, donde el empleo de toda la energía corporal e intelectual es necesaria para alcanzar la cima que la jornada requiere, y así poder escanciar el zumo de la palabra exprimida agridulce, el cual ha sido palpabilidad, goce o vituperio en el fundir de años en un territorio de interrogaciones apeñuscadas o dispersas denominado Colombia.


En su capital, Bogotá, ciudad de acentuadas disimilitudes escriturales, hizo cepa este creador de mundos. De una parte tenemos al escritor literario en los géneros de cuentista, novelista, ensayista y poeta; y de la otra está el editor, librero, periodista y divulgador de cultura. Dos sustancias que modelan por sí mismas un personaje. Sin embargo, el personaje que es Milcíades Arévalo, presenta una singularidad única y diferenciadora que es lo que lo caracteriza en el seno de la literatura colombiana. Esto lo encontramos en esa rara dimensión que es su lealtad y generosidad con el signo convertido en grafía, en el sentido de su continuación, promoción y divulgación. Militante de la otredad, concepción del desprendimiento y del encuentro. Quien esté interesado en hallarlo en su primer mundo, lo ubica como escritor a partir de 1964, fecha en la cual publicó su primer texto literario en el diario El Espectador, en su separata dedicada a la cultura, con un título que convierte en síntesis el tiempo turbulento de ese país, Bajo la luna todos los muertos son iguales. En cuanto a su segunda sustancia, en lo tempo-espacial, se sitúa el 23 de septiembre de 1972 cuando publicó el número cero de la revista literaria Puesto de Combate, de la cual es su fundador y director.


        Al detenernos en la carátula y pensar en el nombre, los conocedores del país, sin ningún esfuerzo encuentran que el nombre de la publicación es un reflejo del inconsciente social convulso, debido a que el título en la primera lectura de superficie, evoca el terreno militar. Nombre congruente con una publicación dirigida por el general Matallana o Camacho Leiva cuando estaban en servicio activo; o por qué no, por el secretariado de las FARC o  por el comandante Gavino del ELN. Pero no es así, en Colombia todo tiene muchas lecturas. La escogencia por parte de Milcíades fue un acierto, porque se convirtió en un acto premonitorio en razón de que ha enfrentado un combate prolongado de hazaña para mantener la publicación a lo largo de 37 años, apenas con sus uñas, fuerza y pulso. Se necesita mucho coraje para llegar hasta tan lejano puerto a punta de tan solo remos. En su juventud era ya marino y se lo cuenta a Libia en su entrevista.


           Un paso que resulta obligatorio para entender la fenomenología de la publicación literaria en Colombia, es interrelacionar así sea en forma brevísima, Puesto de Combate con otras publicaciones similares. La decana de las revistas literarias es Aleph, hasta donde pudimos investigar cumple 43 años. Fundada por el poeta Carlos Henríquez Ruiz, en una ciudad que tiene una geografía de lomo de caballo, conocida como Manizales. Publicación impávida por contenidos y sin zozobras por los acoses de la impresión. Prepara la edición número 150. Echó raíces en los predios puramente poéticos. El mal pensante, por su fisonomía se ubica de inmediato en un sello distintivo. Refleja la holgura material del texto literario. Andrés Hoyos su propietario, es un abultado bolsillo en lo económico que tiene como director al poeta y crítico Mario Jursich. Sus detractores sostienen que es una revista comercial que da cabida al texto en función instrumental. A ella accede lo granado de la elite social. Dicho en lengua brusca y directa, es una revista de la alta burguesía. Número, presenta algunas características similares a la anterior; empezando porque tiene gerente que en la actualidad es Ana María Mejía, dinámica y eficaz en materia de publicidad. El director es el periodista Guillermo González Uribe. Sus críticos afirman que sus puertas están abiertas para los escritores en ascenso social. Prometeo vino a la vida en Medellín, urbe de curiosidades; una de ellas es que parte de su transporte urbano se hace por aire. Fernando Rendón su director, aquí en París decía que allí se deshace de los malos augurios y olvida a sus encarnizados enemigos. Prometeo fue la gestora del festival de poesía, que lleva el nombre de la ciudad, acontecimiento de respetabilidad mundial en su género. Sus lecturas son un espectáculo multitudinario. En él participan decenas de poetas enarbolando distintas nacionalidades. Es un orgullo no tan sólo de la ciudad, sino también del país. Tiene una masa de detractores en el campo literario que hacen uso de todas las armas donde no se excluye la calumnia. En el campo del arte todo es comprensible y admisible; lo que sí resulta inaceptable, es la persecución jurídica o política que se le hace a su director. Es una revista que produce remezones que van más allá de la metáfora. Común Presencia Común Presencia agrupa a escritores, poetas e intelectuales de la clase media, dirigida por el escritor Gonzalo Márquez Cristo también editor. Hace verdaderos malabarismos para que no se le hunda la barca que siempre está haciendo aguas.

            Arquitrave, dirigida por el crítico literario Harold Alvarado Tenorio, quien haciendo uso de una gnoseología literaria debatida en el siglo pasado, que en lo esencial es la interrelación ética entre el creador y su producto arte, herramienta válida en el plano teórico, la ha convertido en la espada de Solimán para cortar cabezas del que esté al frente. El arte que es conocimiento, y en esta condición es el aljibe cristalino que refleja el medio donde se desenvuelve; la pluma de Alvarado es la cristalización de la exacerbación social violenta de la sociedad colombiana, puesto que sus juicios en la mayoría de los casos son diatribas de la maledicencia impotable y corrosiva, produciendo un efecto de pánico entre escritores y poetas. Sin embargo, no todos sus escritos son impotables y en algunos casos su osadía es necesaria. Colombia tiene algunos íconos literarios, entre los que se cuenta el escritor y poeta monarquista Alvarado Mutis sobre quien hasta hace algunos días, nadie hubiera osado escribir un mu; Harold le sacó los trapos al sol, como lo dice el título de una obra de Julio Olaciregui, en una descarga de antología. El patriarca, en tanto que persona, quedó hecho trizas tal como una fina porcelana cuando se cae de un estante de almacén.



La literatura colombiana es el producto de grupos, de corrientes, movimientos, donde lo contradictorio se encresta, produciendo feroces combates los cuales afortunadamente se hacen con espadas de cartón, así sean éstas como las de Harol Alvarado Tenorio. En el panorama, Puesto de Combate es representativo de lo anónimo, empezando porque le da espacio a los escritores de provincias que nadie considera en las grandes ciudades. Ella es lo marginal para el código del establecimiento. Comparte espacio con Ulrika, La Puerta y Punto Seguido. Las publicaciones oficiales las representan las revistas universitarias, muchas de las cuales son excelentes, que desafortunadamente el grueso lector desconoce, debido a que no salen jamás de los claustros.


Milcíades Arévalo ha sido un verdadero heurístico en aquello de ganarse el pan, ése de trigo, para lograr mantener la vida en pie, comenzando porque uno de sus oficios preferidos es el de acumulador y vendedor de libros viejos y nuevos. Sostiene que en su casa del barrio Egipto tiene aposentos que guardan celosos incunables, siendo una de las fuentes que le engulle la mayor parte del tiempo nocturno pasando de una página a la otra, a la luz de un candil eléctrico, en posición de lectura a la manera de Plinio El Viejo. De la cantera de lector voraz ha extraído saberes que son los que le han permitido por años, deambuleos por todos los rincones del país, dictando conferencias tal como lo hicieran los sofistas griegos, donde es abordado por la juventud indagándolo sobre variedad de interrogaciones literarias. También es asesor de talleres de literatura en el uso de estilo y otras técnicas requeridas para lograr dominar el manejo del idioma, igualmente jurado en concursos de poesía y narrativa. Periodista en el diario La Prensa; donde escribía una columna semanal. Fue director de publicidad en “Arte Sancho”. Fotógrafo de flash y de luz natural. Tramoyista de escenario, gerente de banco, corrector de pruebas, diagramador de libros, revistas, folletos y de otras necesidades de la imprenta. Editor de libros y revistas, propietario de la librería El Cid, que existió en alguna ocasión en Santa Marta. Ciudad que bordea el mar Caribe, en cuyos alrededores hay un pueblo de pescadores denominado “Taganga”, codiciado por artistas e intelectuales colombianos y latinoamericanos que viven en Francia, los que ya han empezado a emigrar hacia ese idílico paraje, entre quienes se encuentra el pintor Álvaro Valbuena, amigo de Vericuetos y del suscrito.


Como hemos anotado, Milcíades Arévalo, se lanzó a anaqueles con una obra de teatro que publicó el diario El Espectador, cuando el Suplemento lo dirigía Guillermo Cano, en la capital colombiana, en fecha y título mencionado al inicio de esta presentación. Acción, cimiento de su primer mundo; el otro, el de editor, difusor …  lo pergeñamos en los párrafos anteriores. A partir de ese entonces pasarían por las páginas de dicha separata, escritos literarios de Milcíades, sobre narrativa en el género del cuento. No obstante, de haber hecho conocer del público muchos de sus cuentos, mediante lecturas y en distintas formas del impreso, me manifestó por teléfono que es un cuentista inédito en razón de que tiene arrumes en un rincón donde escribe, dejándolos reposar para que cuajen sarro y fundan el aroma agrio del tiempo. Son páginas vírgenes que ninguna otra mano distinta a la de su creador han hecho crujir la hoja en su sueño profundo. A pesar de esto han salido a refundirse en el torrente de la letra impresa algunos libros. Aquí ustedes pueden apreciar dos carátulas Manzanitas verdes al desayuno e Inventario de Invierno



            De Manzanitas verdes al desayuno encontrarán más abajo el cuento “El cachorro salvaje” en español, y también la traducción al francés.


Luz Helena Cordero Villamizar en el Preludium del libro Manzanitas verdes al desayuno, de Milcíades, analizando contenidos textuales plantea:


Hay quienes creen que el autor se esconde detrás de sus personajes

y de sus tramas, convirtiéndose en un dios implacable que gobierna

el universo de su obra, o que a veces se comporta como un cobarde

para esconder sus propias miserias. Pero la obra siempre trasciende al

autor y toma su propia identidad, reclamando el derecho a la libertad

interpretativa.


Lo que Luz Helena llama “libertad interpretativa”, es un hecho objetivo en una obra de ficción, ensayo, poética u otras; es lo que en gnoseología de la crítica literaria se analiza recurriendo a la categoría de lo polisémico. Ésta es una herramienta que mide los contenidos de calidad. A mayor polisemia, una obra tiene más opción de ascender a los significantes categoriales que desentrañan y establecen el verdadero valor de ella. Con la anterior afirmación no se expresa que la polisemia sea un valor determinante en el juicio estético, sino que es apenas uno entre muchos otros. Lo importante aquí es el hecho de que la obra de Milcíades, origina teorización sobre su creación dentro del mismo texto de ficción, y de ello se deriva una consecuencia. Va más allá de su propio producto-arte, entendido en su especificidad, en el ahí creativo. La especulación lo dispara sumergiéndolo en lo general del género, y por esta fenomenología en razón de que presenta un rasgo diferente, queda ubicado en un terreno distinto al de la pura creación. No es solamente la presentación orientadora del lector, sino el inicio de una valoración más profunda.

 

          Al leer el conjunto de la obra de este autor, el lector descubre un contenido que puede calificarse de original. Hay una exhalación en el tratamiento temático que se mezcla con el material que construye la frase o el párrafo, donde se encuentran dos matices que forman la palabra literaria. El uno proviene de la oralidad vigente en el hablar de los colombianos, y el otro se deriva de la palabra escrita, ella cuidadosamente seleccionada busca la robustez y resistencia requeridas para ascender a lo ficcional. Para hablar de su obra se necesita de un trabajo profundo; de nuestra parte por motivos de espacio consideramos suficiente.

En conversación con el autor descubrí que es un lector voraz. Sus preferencias en lectura han pasado por todos los clásicos con cierta inclinación por Arthur Rimbaud y Simone de Beauvoir. Me llamó la atención que conociera perfectamente la obra de Henri Barbusse, empezando por Le Feu (El fuego), prix Goncourt 1916. y PleureusesPlañideras), texto poético publicado en 1895. Hablando sobre las futuras promisiones colombianas, me manifestó que presentaban cantera de talento: Juan Felipe Robledo, Felipe García Quintero, Ana Milena Puerta …



Milcíades Arévalo comenzó a ser parte de la materia animada un día 28 de julio de 1943 en Zipaquirá, depart amento de Cundinamarca en Colombia. Hombre de amores extraviados en unión libre ha continuado su proyección hacia el futuro con tres vástagos; una mujer y dos varones. Su trabajo en la Marina Mercante lo convirtió en viajero por el mundo, dándole acceso a diversas culturas que fueron raíces nutricias de su bagaje intelectual. En lo que respecta a su instrucción tradicional no tiene ninguna; precisamente es uno de sus orgullos. Me comentaba que en su casa paterna nunca se conoció un libro. La razón de esta ausencia era la carencia de utilidad. Como sostienen los dialécticos, el uno está en el otro; el no tener genera el tener. En la actualidad el escritor se deleita en una exuberante biblioteca, como pueden verla más abajo en la foto de la entrevista que le hizo Libia Acero-Borbón, en Barrio de La Candelaria en Bogotá, donde tiene sus predios escriturales. Los estantes también contienen sus propios textos que han sido traducidos al inglés, portugués, italiano y francés. Olver de León me regaló una Antología en francés de cuento latinoamericano, en una noche cuando trabajábamos a Horacio Quiroga sobre su legendario cuento Anaconda. Por aquel entonces vivía en la calle cours de Vincennes muy cerca de la Place de la Nation aquí en París. Leyéndola encontré un texto de Milcíades.

 

                                                                                                        París, 14 de septiembre de 2009                                                     



                                       MANZANITAS VERDES AL DESAYUNO

                                                                Preludium

 

          Hay quienes creen que el autor se esconde detrás de sus personajes y de sus tramas, convirtiéndose en un dios implacable que gobierna el universo de su obra, o que a veces se comporta como un cobarde para esconder sus propias miserias. Pero la obra siempre trasciende al autor y toma su propia identidad, reclamando el derecho a la libertad interpretativa. Existe una tendencia general a asociar los contenidos de las obras con referencias biográficas de sus autores, haciendo que las obras se conviertan en apéndices o contenidos miméticos de la vida del escritor. Esta mirada niega a la literatura su poder de vuelo, su facultad de ser un universo propio y su fuerza para transformar el mundo. Las obras son mejores o peores que sus autores y esta suerte de cordón umbilical debería ser roto a la hora de ponderar un cuento, una novela o un poema. Por el afán de asociar el contenido de la obra con la vida privada del autor se han cometido arbitrariedades e históricas condenas judiciales y morales, para vergüenza de la humanidad. Otra cosa es referirse al trabajo del escritor como ser creativo para quien la literatura puede ser un antifaz, una armadura que lo aísla de todo, menos del estremecimiento; el escritor tiene algo o todo de camaleón; la escritura es la creación de un lugar donde el autor se desnuda de trinquetes sociales para vestirse de palabras capaces de provocarle el vuelo.  

 

          Milcíades Arévalo, el mismo que hace de la poesía su Puesto de combate, ese mago de las ediciones capaz de hacer surgir revistas y libros como respuesta a los escollos del mercado editorial, aquel eterno niño enamorado de la poesía, en apariencia tímido y casi frágil, juguetón como un gato de cristal, ha creado un mundo en donde los personajes son apenas un pretexto para plantear la obstinada pregunta por la soledad. Porque las tramas de estos cuentos son una y la misma: la angustia por la soledad y esa búsqueda compulsiva del amor. No importa si su nombre es Lavinia, Ana Magdalena, Dinara o Alina, la mujer es siempre la promesa de una felicidad que se escurre entre las manos, que se evade por la ventana para volar en medio de los edificios, que se esfuma en un sueño o se escapa con un puma que acaba de aparecer en el baño. La recurrencia de imágenes y escenas eróticas es un juego permanente que además de incitar en el lector su propia fantasía, le recuerda la angustia por trascender la condición de abandono, la necesidad de atarse a otro o a otra que siempre forma parte de la ficción.

 

          Otra presencia recurrente en estos cuentos es el cuerpo de los libros y las alusiones a la literatura como elemento vital, poder seductor que salva al protagonista de su miseria afectiva. Son los libros la otra cara del amor, la fuerza que llena para no desfallecer ante las cargas cotidianas de un mundo plagado de deberes y normas lejanas o negadoras de lo humano. Los libros y el espíritu que los ha engendrado son lo único que permanece, la  única eternidad que, a falta del amor, ayuda a sobrevivir en medio del abandono.

 

          Más allá del insólito Milcíades, misionero de la poesía, la invitación es para que lectores y lectoras se enfrenten sin piedad a Manzanitas verdes al desayuno y en este combate por extraerle sus jugos y desechar sus huesos, alcancen a saborear el amor, el pálpito de la poesía. Tal vez hurgando en sus recurrencias pueda hallarse el antídoto contra esa tediosa compulsión a huir de la soledad.

 

Luz Helena Cordero Villamizar (poeta y narradora).

Bogotá, D. C., 20 de abril de 2009.


 

Par VERICUETOS - Publié dans : CRITIQUE LITTERAIRE
Ecrire un commentaire - Voir les 1 commentaires - Recommander
Vendredi 11 septembre 2009

Por Milcíades Arévalo

Un sueño es una escritura, y hay muchas

                                                                                  escrituras que sólo son sueños.

                                                                                      Umberto Eco

 

    El día que leí mi primer  poema comenzó mi desgracia.

    Si bien es cierto  que ya había leído a Blake y a los poetas judíos de Toledo, todavía no era capaz de confundir a  la congregación con poemas de este tenor: Ecia vlume veldé, eninoc qu,  que en idioma vulgar no  era otra cosa que una letanía de amor. Tal vez por eso y sólo por eso, y también para castigarme contra las tentaciones de la poesía, el prior del monasterio  me mandó a refrescar el magín al río.

    No había terminado de saborear el agua,  que a esa hora de la tarde era  de vidrio, vi a unas  muchachas bailando en la orilla opuesta al son de un laúd, tanto que no parecían lo que eran sino plantas ornamentales, flores, parte del paisaje -digo, es un decir-. ¡Oh, hermosas muchachas!

    Para comprobar lo que veían mis ojos, presto me zambullí en lo más terrible de la corriente, luchando a brazo partido contra la muerte, desorientado como un pez en  extrañas aguas. A punto de saborear mi primer triunfo contra las tentaciones del demonio,  las muchachas comenzaron a gritar en coro: "¡Cuidado con las serpientes! ¡Cuidado con la fauna acuática! ¡Cuidado con lo que no ve!", porque a decir verdad yo parecía un tronco a la deriva. Tan pronto hube llegado a la orilla opuesta sentí como un suspiro de agonías y caí de rodillas ante la más bella.

    Ella se quedó mirándome como si acabara de encontrar la dicha,  para que las demás muchachas se murieran de envidia o se tiraran los pelos de pura rabia o se fueran a sus casas a morderse los labios  delante del espejo y  nos dejaran solos para besarnos de la manera más deliciosa

    Después de muchas cabriolas y equilibrios, ella desenfundó mi sexito, duro y templadito como un puñal de acero y comenzó a cabalgar sobre mí cuerpo corriendo desbocada, descocada, vaiviniéndose, haciendo olas con su pelo, ¿qué podía hacer yo bajo su cuerpo de luna refulgente? --¡Válgame Dios!--. Ella no quería oírme, sólo huir hacia ninguna parte, sentadita sobre mi  puñal de tormento,  con el pelo al viento, sin zamarros ni espuelas de plata.

    Cuando empezaron a sonar las campanas para la víspera,  ya no había nada más que hacer, ni caballo ni muchacha desnuda huyendo sobre el lomo del viento, sólo la mañana de un nuevo día temblando entre los árboles, vino el prior a buscarme. Al verme en tal estado, desnudo y hambriento, enredado entre las zarzas de mi propia desgracia, con el seso perdido de un miserable Lázaro, me preguntó qué había pasado conmigo.

    Todo se lo conté. Sin embargo,  fue como si no me oyera. En volandas me trajo de regreso al monasterio y me puso a comer arañas en un rincón de  la biblioteca de la venerable congregación,  para que no olvidara jamás mis propósitos iniciáticos y pudiera dedicar mis horas de holganza a otros virtuosismos más doctos que el amor.

    Desde entonces, héme aquí, tratando de olvidar todo lo acontecido a la orilla del río, en el sendero del bosque donde aún pastan  el caballo del viento y  la  muchacha desnuda.

 

Par VERICUETOS - Publié dans : NARRATIVE
Ecrire un commentaire - Voir les commentaires - Recommander
Vendredi 11 septembre 2009

Con Milcíades Arévalo, al calor de un tinto bogotano

                                                                                            por Libia Acero-Borbón

 

Milcíades Arévalo es un luchador para que la palabra depurada por la acción creativa cuyo resultado es el texto literario, transite por diferentes geografías hasta lograr traspasar fronteras andamiadas por idiomas distintos. Para ello creó una publicación que dirige desde hace 38 años. Muestra de su lealtad por la escritura literaria, la cual sale a luz para el deleite de sus seguidores dos veces por año.

Libia: Milcíades cuéntame. ¿Cuál es el próximo número que vas a publicar de Puesto de Combate?

Milcíades: Ya salió el número 75 y fue presentado en la Feria del Libro que se hizo recientemente en Bogotá.

L: Dime, ¿aún tienes en tu memoria cómo lanzaste el primer número de dicha publicación?


M: ¡Claro que lo recuerdo! Son hechos que no olvido. Después de haber navegado muchos años por el mar caribe, en uno de esos barcos que llevaba una imprenta. El capitán de la nave, Ariel Canzani, publicaba poemas en una revista llamada Cormorán y Delfín. Siempre que llegaba a un puerto se hacía una edición. Cuando desembarqué, en la costa y en otros lugares  me dediqué a vender libros. Al llegar  a Bogotá, ya tenía en mente publicar una revista. En ese entonces conocí al grupo de los nadaístas, que editaba la revista Nadaísmo 70. Yo les corregía los textos y escribía bajo el seudónimo de Alejandro Pluma. No eran mis primeras publicaciones, dado que en los años 60 ya tenía en mi haber obras de teatro, cuentos y poemarios.

 

El primer número salió en el 23 de septiembre del año 72, con un nombre muy contestatario para la época: Puesto de Combate. “Puesto”, es un espacio, un lugar, y  “Combate”, es el resultado del enfrentamiento de las palabras con el lector del texto. El combate, al fin de cuentas, para todo escritor es con las palabras.

La revista que hasta este momento se sigue publicando, no se encajona dentro de la publicación tradicional literaria; es más, ella se mantiene viva casi sin ningún patrocinio; como es obvio, en tal situación tiene dificultades económicas. Es una publicación relativamente marginal, si tenemos en cuenta que hay publicaciones que uno ve en toda parte y que más parecen comerciales que literarias. Puesto de Combate es conocida entre los escritores, especialmente de la provincia. El mérito de su existencia radica en su independencia total y en la promoción de los nuevos escritores.

 

L: Me comentabas que la revista es una gran promotora de jóvenes escritores, de poetas errantes sin asidero, la mayor parte del tiempo desconocidos del gran público. Explícame, ¿qué objetivos literarios busca la revista al conservar este perfil?


M: La revista publica escritores que nadie conoce, por ejemplo, publicó a Raúl Gómez Jattin, a quien lanzó como poeta, permitiendo que el público leyera sus poemas. Orieta Lozano, a los 14 años le enviaba poemas a la revista. Puesto de Combate la publicó, yo tuve la convicción que ella tendría futuro. Evelio Rosero, Juan Carlos Moyano, Efraím Medina, Octavio Escobar Giraldo, Pedro Badrán Padauí, Ricardo Abdallah, etc., le hicieron llegar igualmente sus primeros poemas… Ninguna revista colombiana ha hecho eso, asumir riesgos al publicar aspirantes a escritores o a poetas que nadie conoce. Los textos que editamos varían según la colaboración, los unos provienen del exterior y los otros de toda Colombia. En este momento tenemos colaboradores de Argentina, México, Nicaragua, Cuba, Francia, etc. Hay algo importante que anotar, las revistas internacionales reseñan Puesto de Combate y se hace intercambio con ellas. En los años 70, los brazos de comunicación se extendían desde Alaska hasta Tierra del Fuego. No había tanto problema en los correos como hoy. El sistema de correos ha desaparecido de Colombia, el papel escrito no tiene derecho a viajar como antes lo hacía.


L: Milcíades, tú que has trabajado tanto con las Letras desde hace cuarenta años o más, me podrías decir ¿cuáles son los temas literarios, tanto en narrativa como en poesía, más recurrentes que te han enviado los unos y los otros?


M: En los años 70 las temáticas eran rurales, los relatos tenían mucho que ver con el campo, contando sobre los territorios violentos. En los años 80 se comienza a hablar de la ciudad a través del hippismo y de la música rock. La primacía de la narrativa se pierde en esta década. Llegan a la revista una masa de poemas, el predominio del texto poético comienza a emerger. La narrativa empieza su declinación, tanto en calidad como en cantidad. Hoy no hay encuentros de narrativa como sucede con los de poesía. Las universidades no comercializan los libros que publican y se quedan en los anaqueles del fondo universitario. Actualmente se siguen escribiendo los mismos temas eternos de la poesía: el amor, el erotismo; la soledad humana es preponderante. El eje dominante es el amor y la muerte, son dos temas recurrentes y van de la mano. Es notable la pérdida de la sociabilidad, la carencia de la solidaridad; la ciudad muestra su rostro ergastulado por los almacenes con rejas, las casas detrás del hierro, las urbanizaciones tapiadas con metal, la velocidad, la agonía de la tertulia remplazada por la conversación inalámbrica. Frente a esto la narrativa continúa sosa y perezosa, inmutable, subida en la rutina de un trabajador de oficina. Escriben sobre la violencia, la guerrilla, el secuestro, el hambre, pero no hay mayor calidad en esto, dado que todos los escritores generalmente están frente a su computador y son tantos los sucesos del campo que pareciera que eso sucede en otro mundo, especialmente porque la mayoría de escritores no tienen tiempo de abordar en carne viva estos temas.


L: Sé que trabajas prácticamente con la uñas, que no tienes presupuesto para la revista. Dime ¿cómo has hecho para dar a conocer la revista y hacer marketing literario?


M: La revista participa en muchos eventos, como es la Feria del Libro donde tiene su stand gracias a la generosidad de la Cámara Colombiana del Libro. Hace presencia constante en actividades en todo el país, por ejemplo, en los encuentros marginales de escritores; allí soy conferencista sobre diferentes temas que manejo: narrativa, poesía, periodismo. Esto no excluye como te he contado, la lucha por mantener la publicación a flote. Su principal sostén financiero proviene de fuentes benévolas, quiero decir suscripciones y gente que de vez en cuando se mete la mano al bolsillo y ayudan para que la revista no muera. Además de todo lo anterior, también edito libros bajo el sello de Ediciones Sociedad de la Imaginación. Recientemente lanzamos al mercado el libro de cuentos eróticos Manzanitas verdes al desayuno de Milcíades Arévalo, Crónicas de Guerras y Guerreros de Oscar Bustos y Romance del Misionero de Margot Martínez Restrepo. Para el próximo año estaremos dando a conocer una entrega especial de Puesto de Combate con la publicación de varios textos eróticos de nuevos jóvenes escritores y poetas como Angélica Forero.


L: Con todo ese trabajo literario, estoico e idealista, en los treinta y ocho años de la revista, Milcíades tú has conocido muchos escritores, poetas, has estado sumergido de lleno en la literatura, tanto nacional como internacional, y a pesar de ello no has tenido ningún reconocimiento de las entidades oficiales y literarias del oficio de pensador literario, promotor y escritor ¿cómo sientes esta indiferencia, como escritor y editor?


M: Lo que más me anima es continuar divulgando la literatura, seguir en ese combate de mi vida, que la revista se siga publicando, que siga editándose con regularidad, y que continúe embarcándose con un gran poeta en cada edición, dando a conocer los buenos talentos. Lo que más lamento es que todos aquellos escritores que lograron salir a la palestra por primera vez, mediante las páginas de la publicación no reconozcan este trabajo ahora cuando son plumas de renombre. Quiero conservar mi espacio literario, aunque sea un editor con mil necesidades, aspiro a ser libre y no ser tildado de ser hijo de dios o del diablo. Soy un idealista y continuaré siéndolo, aunque la literatura no te enseñe a defenderte de ti mismo. Confiar en la literatura es confiar en la gente, en los escritores. A esto se le puede  llamar idealismo y esto no tiene precio. La literatura es en fin, tener ese sueño de publicar lo que a uno se le dé la gana, ¿qué la revista no salió este semestre?, entonces saldrá en el otro; pero saldrá. Eso permite desdoblarme y desplegar potencialidades. Mantener la revista es magia, es tener confianza en el otro, amar intensamente a quienes tenemos que amar. Es vivir por algo. Ser dueño de una meta donde se enterrarán los huesos y las ilusiones.

 

Como vemos, Milcíades nos anuncia que estará sumergido hasta el último día de su vida en las páginas de su revista.

 

Par VERICUETOS - Publié dans : EVENEMENTS LITTERAIRES ET ARTISTIQUES
Ecrire un commentaire - Voir les commentaires - Recommander
Vendredi 11 septembre 2009
                                                                                par Mílciades Arévalo

¡Qu'est-ce qui insipide aurait été d'être heureux!

Marguerite Yourcenar.


Le Centre Littéraire dont je faisais partie avec quinze garçons intraitables, qui à vrai dire n’avaient lu ni les chansons bucoliques d’Inigo López de Mendoza, ni les vers de Jorge Manrique, ni le Retable espagnol, rien que des recueils de vies des saints et des sujets en rapport avec le salut des âmes, se réunissait religieusement tous les jeudis dans l’après-midi qui s’écoulait plus lentement quand je ne pouvais apercevoir la silhouette majestueuse de Lavinia qui, adossée à la fenêtre de la bibliothèque, chantait La plus belle fille de Luis Góngora y Argote ; sa voix était comme le tranchant d’une dague resplendissante.

Après plusieurs séances où j’arrivai même à penser que nous perdions notre temps, le Père Anselmo nous demanda quels étaient nos projets après la fin des activités du Centre Littéraire. Au lieu de débiter toutes les sornettes énoncées par les autres participants (poète, président de l’académie, philologue, humaniste, chercheur et même copiste du Pape), je dis seulement que je voulais connaître la mer.

Le lendemain, Roglio, un élève du centre, me confia que son but était de connaître le ciel. Je fus sur le point de rire, il y avait de quoi : il passait sa vie à nous réciter comme une hirondelle perdue les vers de Calderón de la Barca. Je lui demandai de m’expliquer son histoire, pendant que je réfléchissais à ce que je pouvais faire pour qu’il ne sombrât pas dans l’extase mystique due aux édifiantes harangues du Père Anselmo et à son verbe missionnaire.

– En priant avec ferveur, dit-il avec une certaine mesure.

– Allons parler à Lavinia pour qu’elle t’éclaire un peu. Autrement, tu vas te perdre, l’encourageai-je.

Les résultats ne furent pas conformes à mes espérances, car lorsqu’il vit Lavinia qui rangeait les livres en haut de l’échelle, il s’évanouit, la bouche bavant d’écume comme un possédé, et nous dûmes le transporter à l’infirmerie. Lorsque le père Anselmo nous vit en train d’essayer de le réanimer à l’aide de morceaux de coton imbibés d’alcool, il nous chassa comme une bande de poules, même Lavinia exhalant son parfum enivrant, et il resta seul avec Roglio, qui me confia quelques jours après qu’il était guéri, même si je ne savais pas au juste de quoi, parce qu’il était déjà vraiment fou à lier.

Le Centre Littéraire fit une pause pendant le Championnat inter-écoles de football. Pendant que les joueurs se taclaient comme des mules sur le terrain, je rendis visite à Lavinia. Elle habitait une villa si luxueuse et confortable qu’elle avait l’air du palais diocésain. Et je dis qu’elle ressemblait à ce saint lieu, parce qu’un jour le père Anselmo nous  y avait emmenés pour nous présenter à l’évêque provincial fraîchement nommé, lequel après nous avoir bénis de sa révérende main parée de bagues, nous laissa gambader dans les couloirs.

Lavinia était une tentation vêtue de deuil. Elle avait le sourire frais, l’haleine chaude, la peau douce et le corps insinuant. Les bagues de ses doigts, l’éclat reluisant de son regard, le rouge violent de ses lèvres, le talon de ses chaussures et ce parfum si captivant qui l’enveloppait… Son défunt mari avait été l’un des hommes les plus riches du village, mais je ne savais même pas ce que cela signifiait dans un village où tous les habitants, pour leur plus grand malheur, étaient analphabètes.

Adalgisa, une bonne aux cheveux lisses d’un noir d’encre, les yeux noirs, le sourire tapageur et les joues barbouillées de rouge, me conduisit au salon des baies duquel on pouvait voir un jardin fleuri, la tour de l’église et les monts lointains baignés de brume. 

– Madame Lavinia va venir dans une minute, me dit-elle, et elle disparut silencieusement derrière une porte de verre.

J’en profitai pour jeter un œil à la bibliothèque, cinq fois plus grande que celle de l’école. Quelle merveille ! Je n’étais rien qu’un garçon s’éveillant à peine à la lecture ; je n’avais pas encore lu Flammarion, ni À la recherche du temps perdu, ni La comédie humaine, ni Voyage au bout de la nuit, ni L’Exil et le Royaume, ni encore moins La nausée. Les poètes, comme les nains, étaient pour moi un mystère, de même que l’ont été ensuite les voyages de Rimbaud, les proverbes de Blake, le sourire de Mona Lisa, les nuits des Walpurgis, les extraits des racines chinoises… Bien des années après, j’ai connu d’autres bibliothèques, qui pouvaient avoir beaucoup plus de livres, mais qui toujours étaient vides.

– Tu vas devenir aveugle à force de lire autant, me dit Lavinia en entrant dans la salle. Elle se carra dans le canapé et nous nous mîmes à parler du Centre Littéraire et de son défunt mari, dont les cendres reposaient dans une urne de cristal sur la cheminée…

– Qu’est-ce qui t’amène ici ? me demanda-t-elle en séchant ses larmes. Je lui tendis le poème en français que j’avais écrit pendant mes heures d’oisiveté. Elle connaissait le français et le parlait avec aisance. Elle mit ses lunettes, croisa ses jambes aussi longues que la ligne du chemin de fer, et se mit à lire comme s’il se fût agi de la liste des commissions. Tantôt le ciel et la terre, l’enfer et la mer, le vent et le feu ; quand tout était la même chose sans l’être, elle me regarda, l’air surpris.

– Je comme à peine à apprendre le français, lui dis-je.

– Baisse la nuque et ne te renie pas, dit-elle. Comme je désirais écrire comme les vrais poètes, je m’agenouillai, obéissant, à ses pieds et lui demandai qu’elle fît de moi, comme à un agneau malheureux, ce qu’elle voulait. Quoi qu’elle fît pour moi, ce n’eût rien été en comparaison de l’immense respect que j’avais pour elle. Elle me paraissait maintenant trois fois plus irréelle, majestueuse et séduisante. Lavinia était belle, mais encore plus belle sans vêtements. Au moment où j’allais lui ôter sa jupe, Adalgisa dit dans mon dos :

– Le chocolat est servi.

J’aurais voulu être invisible, ou au moins être englouti par la terre, mais je ne pus que m’essuyer la bouche avec le dos de la main et m’asseoir docilement à la table, qui était abondamment garnie de fromages, de gâteaux et de petits pains beurrés.

Les élèves du Centre Littéraire devaient obligatoirement aller à la messe tous les dimanches, avec le missel et le cœur contrit, prêts à recevoir la grâce divine ou un coup de fusil comme celui que tira « Le Sept Couleurs » au mari de Lavinia à la sortie de la messe. Nous allions vers l’église quand je remarquai que Roglio n’était pas dans le rang. J’allai le chercher aux toilettes et je le trouvai au milieu d’une horrible flaque de sang. L’âme secouée, je sortis en courant pour prévenir le Censeur :

– Roglio s’est tranché les veines !

L’enterrement fut l’un des plus pompeux que j’aie jamais vu de ma vie, comme si Roglio n’eût pas été le crétin qui se suicida par crainte de tomber dans les bras de Lavinia, mais Saint Roglio en personne.

Parmi les assistants aux funérailles, il y avait la grand-mère et les petites sœurs de Roglio, le Recteur, l’Évêque, la prof de maths, le professeur Archímedes, monsieur le Maire, le Notaire, les collèges de la commune, et fermant le cortège, le commandant de police et tout son bataillon. Le sermon du Père Anselmo dura plus que l’éternité, car, incroyable mais vrai, j’entendis le train siffler trois fois, je suivis attentivement le vol d’une hirondelle autour des cyprès, et j’avalai deux chewing-gums par pur ennui.

– On se voit jeudi prochain, me dit Lavinia en sortant du cimetière, mais j’étais un poisson d’eaux lunatiques. C’est peut-être pour cela qu’au lieu de retourner au Centre Littéraire, je me consacrai à rêver à la mer, aux ports et aux villes illuminées du monde que je connaîtrais un jour.

 

Français : Manuela MARIÑO BELTRÁN et Yves MOÑINO

 



Un cachorro salvaje

  ¡Qué insípido hubiera sido ser feliz!

Marguerite Yourcenar.

 

El Centro  Literario del que formaba parte  con 15 chicos ríspidos, que a decir verdad ninguno había leído las serranillas de Iñigo López de Mendoza, ni las coplas de Jorge Manrique,  ni  el retablo español, sólo santorales y temas relacionados con la salvación de las almas, se reunía religiosamente todos los jueves  en horas de la tarde, que pasaba más lenta cuando  yo no podía  ver la silueta majestuosa de Lavinia  recostada  contra la ventana de la biblioteca cantando La más bella niña de Luis Góngora y Argote; tenía una voz como el filo de una daga refulgente.

    Después  de varias sesiones  en las que incluso yo llegué a pensar  si no estaríamos perdiendo el tiempo,  el  cura Anselmo nos preguntó cuáles eran nuestros propósitos una vez finalizaran las actividades del centro literario.  En vez de decir toda esa clase de barrabasadas que dijeron los demás integrantes (poetas, presidentes de la academia, filólogos, humanistas, investigadores y hasta copistas del Papa), yo sólo dije que quería  conocer el mar. 

     Al día siguiente Roglio, un alumno del centro,  me dijo que su meta era conocer el cielo. Estuve a punto de reírme; no era para menos: vivía recitándonos  como golondrina perdida  los versos de Calderón de la Barca. Le pedí que me explicara el asunto mientras se me ocurría   qué podría hacer yo para que no cayera en el arrebato místico causado por las edificantes arengas  del cura Anselmo y su verbo misionero. 

    --Rezando fervorosamente  –dijo con cierta ponderación.

    --Hablemos con Lavinia para que te de unas luces; de lo contrario te vas a perder –lo animé. 

    Los resultados no fueron los esperados, porque cuando vio a Lavinia ordenando los libros en lo alto de la escalera se desmayó echando espumarajos por la boca como un endemoniado y tuvimos que llevarlo a la enfermería.  El cura Anselmo  al vernos  tratando de reanimarlo con copitos de algodón impregnados en alcohol, nos espantó como a una manada de gallinas, inclusive a Lavinia que aromaba el aire con su perfume  de arrebato, y se quedó a solas con  Roglio,  quien días  después me  confesó que se había curado, aunque no sé exactamente de qué, porque a decir verdad ya estaba más loco que una cabra.

    El Centro Literario tuvo un receso durante el  Campeonato Intercolegiado de Futbol. Mientras los competidores se daban patadas como unas mulas en la cancha, fui a visitar a Lavinia. Vivía  en  una quinta con  tantos lujos y comodidades que parecía al palacio diocesano. Y digo que se parecía  al sagrado lugar porque un día el cura Anselmo nos llevó a presentarnos ante el recién nombrado obispo provincial quien,  después de echarnos  la bendición con su reverenda mano enjoyada,  nos dejó retozar por los pasillos.

    Lavinia era una tentación vestida de luto. Tenía la sonrisa fresca, el aliento cálido, la piel  suave y el cuerpo  insinuante. Los anillos de sus dedos, el brillo encendido de su mirada, el  rojo violento de sus labios, el tacón de sus zapatos, y ese perfume tan arrebatador que la envolvía...  Su  difunto marido había sido uno de los hombres más ricos del pueblo,  pero ni siquiera  sabía qué era eso en un pueblo donde,  para colmo de males,  todos los habitantes eran analfabetas. 

    Adalgisa, una criada de pelo lacio renegrísimo, ojos negros, sonrisa escandalosa y cachetes embadurnados de rojo,  me condujo a un salón desde cuyos ventanales se podía ver un jardín florido, la torre de la iglesia y los montes lejanos bañados por la neblina.

    --La señora Lavinia vendrá en un minuto --me dijo y desapareció silenciosamente detrás de una puerta de cristal.

    Aproveché  para echarle un vistazo a la  biblioteca,  cinco veces más grande que la del colegio, ¡qué maravilla! Yo  no era nada más que un  muchacho que apenas despertaba a la lectura; todavía no había leído a Flammarion, ni En Busca del Tiempo Perdido,  La Comedia Humana, El viaje al fin de la noche,   El exilio y el Reino,  ni mucho menos aun La Náusea. Tanto los poetas como los enanos me eran todavía un misterio como luego lo fueron los viajes de Rimbaud, los proverbios de Blake, la sonrisa de la Mona Lisa, las noches de Walpurgis, los extractos de las raíces chinas... Muchos años después conocí otras bibliotecas que podían tener  muchísimos más libros pero siempre estaban vacías. 

    --Te vas a quedar ciego de tanto leer –me dijo Lavinia al entrar a la sala. Se arrellanó en el sofá  y nos pusimos a conversar acerca del Centro Literario y de su difunto marido cuyas cenizas reposaban en una urna de cristal encima de la chimenea...

    --¿Qué te trajo por aquí? –me pregunto secándose las lágrimas. Le  entregué un  poema en francés que yo había escrito en mis horas de holganza. Ella sabía francés y lo hablaba fluidamente. Se puso las gafas, cruzó las piernas,  que eran tan largas como la línea del ferrocarril y se puso a leerlo como si se tratara de la lista del mercado. Cuando el cielo y la tierra, el infierno y el mar, el viento y el fuego; cuando todo era la misma cosa sin ser la misma cosa, se quedó mirándome sorprendida.

    --Apenas estoy aprendiendo francés... --le dije. 

    --Agacha la cerviz y no reniegues  --dijo. Como yo quería escribir como los verdaderos poetas, me arrodillé obedientemente a sus pies, y como a un infeliz cordero  le pedí que me hiciera todo cuanto quisiera. Cualquier cosa que ella  hiciera por mí  no era nada comparado con el inmenso respeto  que le tenía. Ahora me parecía  tres  veces más  irreal, majestuosa y  seductora. Lavinia era bella, pero todavía más bella sin  ropa. En el momento en que me disponía a quitarle la falda, Adalgisa dijo a mis espaldas: 

    --El chocolate está servido.

    Yo hubiese querido ser invisible  o al menos que me tragara la tierra, pero lo único que hice fue limpiarme la boca  con el dorso de la mano  y sentarme obedientemente a la mesa, servida en abundancia de quesos, pasteles  y panecillos untados de mantequilla.

 

Los alumnos del centro literario teníamos que ir obligatoriamente a misa todos los domingos, con el devocionario y el corazón contrito, dispuestos  a recibir la gracia divina o un tiro como el que le pegó  “El Siete colores” al marido de Lavinia  a la salida de misa.  Íbamos para la iglesia cuando noté que Roglio no estaba en la fila. Fui al baño a buscarlo y lo encontré  en medio de un horrendo charco de sangre. Esa cosa me sacudió el alma y salí corriendo  a avisarle al prefecto de disciplina:

    --¡Roglio se cortó las venas!

    El entierro fue de lo más pomposo de todos los que yo haya visto en mi vida, como si Roglio no hubiera sido el pazguato que se suicidó por temor a caer en los brazos de Lavinia  sino el mismísimo san Roglio  en persona.    

    Entre los asistentes al funeral  estaba la abuela y las hermanitas de Roglio, el Rector,  el Obispo, la profesora de matemáticas,  el profesor Arquímedes, el señor Alcalde, el Notario, los colegios del municipio y, cerrando el cortejo,  el comandante de la policía con todo su batallón. El sermón del cura Anselmo duró más de una eternidad porque, aunque parezca mentira, oí pitar el tren tres veces, seguí con atención el revoloteo  de una golondrina alrededor de los cipreses y me tragué dos chicles de puro aburrimiento.   

     --Nos vemos el próximo jueves  –me dijo Lavinia a la salida del cementerio, pero yo era un pex de aguas alunadas. Tal vez por eso,  en vez volver el Centro Literario, me dediqué a soñar con el mar, los puertos y las ciudades iluminadas del orbe que conocería algún día...

 

Par VERICUETOS - Publié dans : NARRATIVE
Ecrire un commentaire - Voir les commentaires - Recommander
Vendredi 11 septembre 2009

   por Milcíades Arévalo

       

“¡Le  bonheur! Sa dent douce a la mort..."

Rimbaud.

 

París, la ciudad tanto tiempo soñada... ¡Oh, la, la! Rostros anónimos, bulevares olorosos a légamo podrido, las bastillas de Sade, el Anticuario Universal, la historia de la literatura francesa por 5 francos, el agua empozada en los andenes, la inocencia del trigo verde en las escalinatas del Liceo Condercet, modelos africanas en las portadas de Vogue, vagabundos del alba, viajeros de todos los caminos...

    Mi viaje a París  significaba  un cambio en mi vida. No conocía la ciudad  y ya  soñaba  con  una especie de paraíso: ganar suficiente dinero, deambular  por diferentes latitudes, darme ciertos lujos, conocer gente importante, periodistas, artistas, ir al teatro, etc.

    Después de  cumplir con las formalidades de rigor, me entregaron las llaves de la habitación en la que iba a vivir por algún tiempo. Quedaba en el último piso de una pensión, que sin ser elegante era suficientemente cómoda, con todos los elementos necesarios: Una cama de bronce, una lámpara, el nochero, una silla turca, una mesa, un florero azul y un closet.  Desde el balcón  se  alcanzaban a divisar los tejados grises de Montparnasse, el humo de las chimeneas lejanas y las siluetas de los inmensos castillos feudales desdibujados por el tiempo.

    -¿Pour combien de temps serez-vous a Paris? –me preguntó el conserje cuando me disponía salir a la calle. 

    -Je ne le saias pas encore exactement...

    La bruma preludiaba un día de sorpresas en las páginas de los diarios, a la puerta de los cines, bajo los puentes del Sena, en los Campos Elíseos, en la plaza de San Sulpicio. Un nuevo mundo se extendía a mis pies, sensaciones jamás sentidas, colores crepitantes, los mil rostros de la dicha.  

    Recorrí los bulevares, conté las horas en los relojes, di vueltas en redondo. Especial atención me llamó Notre Dame, una catedral en tinieblas cuyas enormes columnas parecían  clavadas en el piso por un cíclope. Entré a buscar a Dios pero no lo hallé. Un minuto de silencio no habría bastado para expresar mi desolación. Volví a salir. Todo lo que encontraba a mi paso era cada vez más viejo e inhumano. Las calles permanecían atestadas de trovadores y golfas que cantaban o bailaban o  hacían trueques con puñados de sándalo, músicas de Arabia, olífonos y también libros, extraños y maravillosos de adoración y tormento. Preso de una honda  pena me pregunté  cuánto tiempo   estaría  dando vueltas en el mismo lugar buscando  a un tal Pierre  con quien iba a trabajar en un diario parisino. 

    Entré a un bar solemne y me senté a un lado de la ventana que daba a la calle. Pasaron dos árabes tocando flauta, un mimo enharinado, un niño con  un  globo rojo, un policía con un pan bajo el brazo, un anciano con un perro, un vendedor de canarios, una ambulancia haciendo bulla con la sirena, una anciana con un paraguas. Al ver tanta melancolía en el paisaje, pedí un parnod y saqué a  Vallejo del bolsillo y leí con infinita nostalgia:

 

                    “Hay  madre, un sitio en el mundo que se llama París.

                     Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande...”.  

         

    Al poco rato entró una  muchacha rubia  de ojos lánguidos, perfumada y fresca como si acabara de bañarse. Sus labios brillaban terriblemente rojos y tenía el aspecto de estar más sola que todo el mundo. Pidió un moscatel  y se sentó a beber  con la misma indiferencia del que mira pasar un río que no sabe a dónde va. Puse la mirada sobre sus manos, de dedos largos y finos, en el collar que le colgaba del cuello, recorrí sus formas y caí abatido en el ruedo de su falda.

    Hice chasquear los dedos y llamé al mesero:

     --Garçon, ¿parlez-vous espagnol?

     --Je parle espagnol, monsieur.

     Le pregunté por Pierre.  El mesero removió los laberintos de su magín. Una  bomba o algo parecido, había estallado en la sede del diario y Pierre había  muerto.

     Mis proyectos se difuminaban en medio del más terrible caos. Eran pequeñas burbujas que estallaban en el otoño de un París inhumano, absurdo, donde vivir  era tan prosaico como sacudirse el cabello. Sentí un sabor amargo en los labios, el vacío de la soledad bajo mis pies.

 

                                  “Me moriré en París con aguacero

                                   un día del cual tengo ya el recuerdo…”

 

     La rubia apagó el cigarrillo en el cenicero, con violencia.  Se pintó los labios, se puso los guantes y  se enroscó la bufanda al cuello dispuesta a partir. Me acerqué  y la saludé. Para quebrar  el silencio  que nos envolvía en una telaraña de inmovilidad parecida a esas pinturas de Dalí donde todo parece muerto y en perfecto orden,  le pregunté dónde la volvería a ver.

    -En la Opera Cómica --me dijo.  Desordenadamente buscó en su cartera una tarjeta  y me la entregó. 

    -Ouí, madame.   

    El café comenzó a llenarse de intelectuales, vendedores de paraísos artificiales, estudiantes y muchachas recónditas en busca de aventuras. Los neones comenzaron a chisporrotear y la noche de otoño envolvió los seres y las cosas. 

    Al regresar a la pensión, me dio por imitar a  Brando en esa triste escena de nostalgia frente a la ventana de su apartamento, con la música  del tango regada por el piso, mascando pan con mantequilla, los cabellos desordenados,  esperando a  una muchacha que no  volverá a ver jamás. Me dolía imitar a un solitario para no sentirme solo.  Y estando en medio esa inmensa  noche que es París, inmensa luz en la inmensa noche,  a la hora en que cantan los gallos y el viento no pasa, me quedé pensando,  no en las girándulas, ni  en las estrellas,  ni en  la luna,  ni en las estalactitas y estalagmitas sino en la  chica platinada de ojos azules, ¿cuándo la volvería a ver? Toda ella era  mucho más hermosa que todas las mujeres juntas, pero sólo a ella quería  besarle  el ombligo, las tetas,  el vientre, las nalgas, el  coño.

 

 

Dos meses después de llegar a París, el periódico local para el cual trabajaba, me envió “a cubrir la noticia de un estreno teatral en la “Opera Cómica”. No éramos más de 30 personas, entre las cuales estaba un arlequín, una colombina, un calvo, una Desdémona de pechos protuberantes, una monja mascando chiclets, dos viejas que parloteaban más que unas cotorras, un cura y un mimo sentado en las piernas de un señor de smoking. 

    El acomodador me condujo a una de las sillas de primera fila, al lado de una rubia que bostezaba con descaro. En el escenario se veían un escritorio, dos sillas frente a frente,   un pizarrón en la pared en el que habían escrito con tiza: La leçón,  una pelota gigante de colores, un rinoceronte  rumiando yerbajos y diversidad de objetos. Nunca antes en mi vida había visto una escenografía tan insulsa.

    Se oyó un timbre y se apagaron las luces de la sala. Minutos después  salió a escena un gordo de bigotes, lentes ahumados, camisa blanca, corbata lila, pantalones y zapatos negros. Después de sentarse de manera correcta, entró a escena una muchacha de falda corta escocesa, medias zapotes y blusa blanca.

     “--¿Usted es… usted es la nueva alumna?” –le preguntó el calvo con voz aflautada.

   “—No he querido retrasarme  –dijo la muchacha. Se sentó delante del calvo, cruzó las piernas con descaro y comenzó a morder la punta del lápiz que llevaba en la mano.

    “--¿Le ha sido difícil  encontrar mi casa? --Su voz cambio de tono. 

    “--De ningún modo. En este vecindario todos  lo conocen.

    “—Hace treinta años vivo en esta ciudad. Usted no lleva mucho tiempo en ella… ¿Qué le parece?”

    “--No me desagrada ni mucho menos. Es una ciudad linda, agradable, con un hermoso parque, un colegio de doncellas, un obispo, buenas tiendas, calles y avenidas…

    Después de casi una hora de diálogo, se oyeron unos débiles aplausos y cayó el telón.  A la salida del teatro vi a Nadia. Apenas me susurró un “hola” impersonal y mecánico la invité a la pensión.

    --Tengo una botella de dubonet --le dije impersonal y patético.

    --¡Monsieur Alexandro! ¡C'est magnifique!  –dijo  escandalosa y feliz.

   Tomé su mano, indefensa como un pájaro y salimos a la calle.  La ciudad parecía de niebla y silencio. Sobre los tejados se derramaba otoño bañando  de rocío las antenas de televisión, el aleteo de los pájaros nocturnos, las hojas que arrastraba el viento.

     Al llegar a la pensión subió las escaleras de dos en dos, entró al baño, preguntó la hora, llamó a una amiga suya,  se tendió en la cama. Puse un disco, me quité las gafas, vacié el cenicero, busqué en la nevera unos cubos de hielo,  serví dos vasos de vino y brindamos por la dicha de habernos conocido y por los años que nos faltaban por vivir. Cuando Aznavour dejó a cantar “Eres muy bella”,  el silencio se hizo más patético, interrumpido de vez en cuando por el ruido lejano de algún auto devorando distancias.

    --¿Por qué la gente no hace el amor a cada instante?  Andan vestidos todo el tiempo, siempre solos. Se acarician en soledad, bailan en soledad, nunca tienen tiempo de hacer el amor –dijo.

    Parecía más mujer y sin embargo no era más que una chica de cabellos rubios  y un cuerpo insinuante bajo la falda.  París estaba lleno de muchachas, pero Nadia era un ángel y un demonio también. Miré hacia el cielorraso, sin pensar en nada, como si el tiempo se hubiera detenido.

    Sus palabras seguían  cayendo sobre la mesa, una detrás de otra, adormeciendo mis sentidos. Pensé en el mar. Una playa dorada, el cielo azul, veleros en el horizonte, la espuma. El  dolor pasaba de ser intenso y los zarpazos del deseo eran cada vez más profundos, pero yo no era un bisonte... 

     --No estoy borracha –dijo, escandalosa y feliz. Se  soltó el cabello,  se quitó la falda, la minúscula prenda de seda que cubría su sexo, todo y  pude verla desnuda en toda su plenitud:  los hombros, los senos, su diminuto ombligo perdido en la  inmensidad del vientre, su sexo,  sus nalgas sobre el alfombrado, mordiéndose los labios, acariciándose toda.  Se hería. Me decía palabras suavecitas como la seda  y se chupaba los labios  como si fueran de  almíbar.

     --¡Hazme algo, estúpido!  --me gritó al borde de las lágrimas.  

     --Petite faune --le dije. Comencé a besarle  la  boca, los senos, las axilas, el  vientre, su sexo, casi masticando, con rabia, sacudiendo su carne con mis dientes, murmurando palabras obscenas, mordiéndole la nuca, los hombros, el cuello, el culo  hasta hacerla mía. Era un deseo mío y de ella también. Me parecía un acto tierno y brutal al mismo tiempo. Los hombres podían repetir innumerables veces la misma historia pero siempre sería la misma. Eran las mismas parejas, el mismo movimiento, los cuerpos buscaban las mismas caricias, el mismo roce. En medio del mundo fornicaban dos desconocidos, solitarios, perdidos en una ciudad de espanto. Tal vez esto era el amor y el deseo a la vez, una ola que engullía la arena, un desierto de sal, la espuma lunar, un pez,  un  rito milenario, el desolado encuentro de la pareja humana.

    A la mañana siguiente se levantó, corrió las cortinas, le cambió el agua al florero, se puso carmín en las mejillas, se puso una peluca negra e hizo cosas sin importancia.

     --De ahora en adelante tu  soledad  será más grande que la mía –me dijo al salir.

    Abrió la puerta, bajó las escaleras y salió a la calle. La niebla de otoño  la fue desdibujando, y cuando cruzaba el puente, me pareció que emprendía el lento vuelo  de los que nunca regresan.

     

Bogotá, Mayo 9 de 2009

A Marcela, tan lejana y tan presente.

Par VERICUETOS - Publié dans : NARRATIVE
Ecrire un commentaire - Voir les commentaires - Recommander

Présentation

Recherche

Calendrier

Novembre 2009
L M M J V S D
            1
2 3 4 5 6 7 8
9 10 11 12 13 14 15
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30            
<< < > >>

Recommander

 
Créer un blog sur over-blog.com - Contact - C.G.U. - Rémunération en droits d'auteur - Signaler un abus - Articles les plus commentés